Cartas a corazón abierto hablando de la vida, de la muerte y del amor

*Aclaración editorial introductoria a una nueva nota sobre el aborto

No hay dudas de que tocar el tema del aborto es exponer en estas horas y épocas, y en estas latitudes, los roces y fricciones sobre una piel sensible y doliente. Y cada uno se atrinchera (nos atrincheramos) en una de las dos posiciones más enfrentadas, a veces con violencia criminal recíproca: los «pro vida» y los «pro libre elección» (de la mujer a interrumpir su embarazo). A raíz de un articulo en este diario sobre la «Marcha por la vida», texto de una charla dada por una  médica genetista tucumana Daniela Montanari,a mi juicio un excelente testimonio de una vida y una labor científica consagrada a la salvaguarda de la vida, de toda vida, Un ex-alumno del secundario de este editor, un joven y excelente diseñador gráfico, y mejor persona, espíritu libre y crítico, como Dios manda, expresó sus críticas al mismo diciendo que sin tener él «una posición tomada sobre este tema,  me sorprendo -decía- de la energía puesta por los católicos en defensa de la vida de estos seres aun por nacer, energía muchas veces mayor a la puesta en defensa de la vida de los seres ya nacidos». Cuando intenté refutarle su argumento aduciendo que estaba mal informado al respecto, su nueva respuesta apunto que ya desde el título (quiso decir desde el epígrafe: «los perversos son difíciles de corregir y el número de estúpidos es infinitos»). En este punto quiero hacer una aclaración al respecto; es posible que ese epígrafe (sacado del Eclesiastés, de la Biblia de Los setenta -la Septuaginta-, provoque en los lectores ciertas reacciones adversas; es y quiere ser provocativo pero se lo malinterpreta si se lo lee como un insulto del autor (o editor) de esta columna a sus lectores), como lo malinterpretó mi airado ex-alumno al decir que  ya desde «el título de la nota (sic) se sugiere que es de ESTUPIDO -mayúsculas en el original- no pensar de forma católica». Es expresamente provocativo pero intenta serlo con humor, y tener humor es, siempre, reírse con el otro, y no del otro; y si de alguien se ríe el que dice algo con humor es de sí mismo. Por ello ahora persisto en publicar un nuevo artículo sobre el aborto, en que gloso un libro que toca el tema tan espinoso, con amor y con humor. Ojalá que mi querido ex-alumno sepa recibirlo con el amoroso humor que se lo dedico.

Caridad y Claridad

Cartas a corazón abierto hablando de la vida, de la muerte y del amor 

Algo más que mi codo 

“Lo que tenés entre manos es una larga carta dirigida a vos. Como podrás darte cuenta enseguida, no es un libro que trate sobre el sufrimiento. Quiero compartir con vos todo lo que me enseñaron los que sufren, acerca de la vida, la muerte y el amor.

Hace tiempo descubrí que no comulgamos verdaderamente con el otro si no es compartiendo codo a codo su dolor. En este libro, en cada una de sus cartas, tenés algo más que mi codo; van en cada página mi vida, mi oración y mi corazón…”.

Así reza la solapa del libro de Juan Pablo Berra, titulado Cartas Abiertas (Aborto – Sida – Abuso Sexual – Homosexualidad) de reciente aparición. Con estilo y hondura cordiales, el padre Berra -fraile y provincial de la Orden de Santo Domingo en Argentina-, ha sabido dirigirse a nosotros, sus hermanos, en estas cartas personales: “Mi querido hermano” -nos dice- “tenés entre manos una larga carta dirigida a vos. Especialmente si estás sufriendo”. La carta termina con “un abrazo de hermano para vos y para todos aquellos que sufren a tu lado”.

Este sacerdote dominico argentino de 36 años, es profesor de filosofía y licenciado en teología… y en el tiempo libre que le dejan sus responsabilidades de superior de la orden dominicana y las actividades académicas, colabora con una comunidad terapéutica de adictos llamada Vida Nueva y ha trabajado pastoralmente en barrios marginales y ha formado grupos de autoayuda para portadores de Sida y para mujeres que han pasado por la experiencia del aborto. De esta rica experiencia fluyen estos textos que, con caridad y claridad, hablan de la vida, de la muerte y del amor.

Nuestras vidas son vulnerables; nuestras existencias son frágiles. No es esa, acaso, la experiencia de la vida de todos y cada uno de nosotros. Nos lo recuerdan, de un modo bello y doloroso, aquel poeta español y aquel cantor catalán que entonaban, casi como letanías, el canto de las tres heridas: la de la vida, la del amor, la de la muerte.

Y es así. La trama de nuestras vidas está entretejida con las sutiles hebras del amor, de la muerte y de la vida. Esos son los únicos “temas” de todas nuestras historias. Por eso, porque son tan íntimos, porque son tan hondos, porque son lo más misterioso de nuestras existencias, es que se “escriben” en nuestras vidas y se “inscriben” en nuestros cuerpos -no sólo en nuestra carne-. Escrituras e inscripciones hechas en una lengua, a la vez, extrañas y entrañables, como lo es la Palabra del Verbo Encarnado, palabra incorporada en la trama y en el drama de nuestra vida, nuestro amor y nuestra muerte.

Vida, amor y muerte son temas “de los que no se habla”, o de los que hablamos mal. Cómo abordar con tacto y con seriedad, los “temas” del aborto, del Sida, del abuso sexual y de la homosexualidad. Eso, a mi juicio, es lo que logran de un modo extraordinario y simple estas cartas abiertas que estamos glosando y reseñando.

Carta a un niño no nacido, carta a los que nunca nacerán 

Juan Pablo Berra se dirige en su primera carta: “Querida hermana, ¡cómo quisiera que esta carta llegara a tiempo! Cómo quisiera que te sintieras particularmente abrazada y amada…”. El autor da su dirección en Buenos Aires y exhorta a esa mujer a que le escriba, porque “tu vida está en peligro, toda tu persona: lo que sos ahora y lo que seguirás siendo en el futuro… He podido acompañar a muchas mujeres como vos. Varios años antes de ser sacerdote, me puse en comunicación con los niños no nacidos y les escribí una carta. Una carta que selló un compromiso por el cual entregué mi vida y estoy hoy, aquí, escribiéndote”.

¿Cómo hablarle a alguien que no nació? ¿Por qué comunicarse con “los que nunca nacerán”? Sólo tiene sentido hacerlo si la vida, y no la muerte, tiene la última palabra. Eso es todo lo que Juan Pablo Berra le dice a los hijos que nunca nacerán: “ustedes jamás usarán pañales ni tendrán juguetes… no sabrán nada de Jesús, el Amor encarnado… no tendrán un nombre, ni color de ojos, ni blancos dientes de leche, ni la caricia irremplazable de mamá, ni los brazos fuertes y seguros de papá. De la vida sólo conocerán la muerte… Y yo he aprendido a quererlos con predilección, jamás podré bendecirlos, jamás podré contarles la historia de Dios en mi vida, jamás podré decirles, mirándolos a los ojos, que quisiera que fueran mis hijos… que quisiera poder darles el abrazo que jamás tuvieron… y acariciarlos y celebrar juntos la vida. Por eso, quiero adoptarlos como hijos, para mí no son ‘NN’. Ustedes tienen nombre…”.

“Ustedes tienen nombres; ustedes viven. Mi oración pide por ustedes para que Dios les permita conocerlo… Para que la poca vida vivida por ustedes en el seno materno, culmine en Vida para siempre junto a Dios. Mi alma usará un pañuelo blanco hasta que muera. Y si Dios me lleva al Cielo, encontrará escrito en él sus nombres y el de sus papis, para que el amor se haga misericordia y justicia… Queridos hijos: los quiero mucho. Mi vida será una lucha; luchar para que sus padres los reconozcan, se vuelvan hacia ustedes y los encuentren como están,VIVOS, junto a Jesús. Y será un deseo: que el Padre nos congregue en el amor al final de los tiempos… Y voy a empeñar mi vida en esto. Les dejo un abrazo y un beso a todos. Juan Pablo. Marzo 1985”.

Ese compromiso con los niños que nunca nacerán llevó a Juan Pablo Berra a ponerse a disposición total de las mujeres. Con las limitaciones personales del caso, ser hombre y ser sacerdote, sabe comprender todos los argumentos para “sacarse” el bebé, para “desembarazarse” del problema. Sabe que el grupo de amigos que rodean a una mujer que piensa abortar, están siempre dispuestos a “ayudarla” para cegar la vida que va a nacer. Consiguen el dinero necesario, el médico adecuado. Y, “si alguien te cuestiona, aunque sólo sea con su silencio, te sentís juzgada e incomprendida… Nadie está en tu pellejo. Y nadie tampoco quisiera estarlo. Yo no te condeno. Mucho menos te juzgo por lo que estás pasando. Hay situaciones verdaderamente desesperadas y vos muy bien podés estar sumergida en una de ellas. De todas formas, quiero hacerte una invitación. Detenéte sólo un minuto y pensá en tu niño. Él no te pide nada. Tan sólo el derecho a vivir… Sólo te pide el derecho a la existencia. Te mendiga un espacio en tu vientre y un tiempo en tu corazón. Un minuto tan sólo. El minuto que pide tu bebé. Imaginátelo o escuchá lo único que te pide. Si no lo hacés ahora, tendrás que escucharlo el resto de tu vida… en cada noche… en el rostro de cada niño… en tu vientre vacío, repleto de culpa y soledad.

Y otro minuto más. Esta vez para que pienses en vos. En tu ser mujer. En tu maternidad. Nada más bello ni más grande entregado al hombre. Y Dios quiso entregárselo a la mujer: poder dar la vida, gestarle en el vientre, darla a luz. Si decidieras hacerte el aborto, te matarías en vida. Siempre leerás cualquier acontecimiento importante desde la muerte y la culpa. Amanecerás con el miedo pegado en el alma y necesitarás negar quién sos para soportar el dolor. Hoy te pesan tantas dificultades; mañana te pesará, más allá de lo que hoy puedas ser consciente, no haberte jugado por la vida. Por más difíciles que sean las circunstancias, la vida es más fuerte y siempre tiene una salida si estamos dispuestos a apostar por ella.

Luego de haber dialogado con “una mujer que piensa abortar”, Juan Pablo Berra, con pareja compasión, se dirige a la mujer que se hizo un aborto. Entabla, por medio de la carta, un diálogo con ella, para que esa mujer y madre pueda reencontrase con su niño. Sólo en ese encuentro, le dice, podrás sanar, por fin, tu corazón.

La primera pregunta que le dirige es si cree que Dios pueda perdonarle por el aborto. Quienes han pasado por el aborto, relata, sin excepción, responden que sí; pero si vos, mujer, respondes que no, estás equivocada. Dios permitió que Jesús muriera en la cruz para perdonarnos de todo. Para sanarnos todo. Y todo quiere decir justamente eso: de todo lo que queremos arrepentirnos.

La segunda pregunta es si vos te perdonás a vos misma. Sin excepción dicen que no. Nadie, por sus propias fuerzas, puede perdonarse fallas mucho más pequeñas. Uno de los horrores que provoca el aborto es la incapacidad para asumir lo hecho y perdonarse y, de este modo, podés seguir culpándote indefinidamente. Pero eso, dice, hace imposible que la madre restablezca el vínculo con su hijo. Es acaso imposible sanarse. Hasta qué punto la redención de Cristo nos sana y nos permite vivir algo nuevo. Lo cierto, afirma, es que, si querés, podés sanarte y podés vivir algo nuevo.

Y ahora la madre, mirando su corazón abierto, deberá responder algo fundamental: ¿Tu niño está vivo o está muerto? Ante esta cuestión se produce la primera gran confusión. Muchas madres dicen con absoluta seguridad que está vivo. Otras, con muchísimo dolor, que está muerto.

“Lo que debés saber, mi querida hermana, es que tu niño está vivo. Para el Dios de la Vida, para el Dios en el que creemos, sólo existe la vida. La vida que Dios genera late para siempre”.

Dios queda comprometido e involucrado para siempre con ella. La muerte es tan sólo una circunstancia, no es un estado final ni un lugar. Es un parto. Puede no haber parto en esta vida que transitamos pero siempre hay parto a la Vida. Allí está el Señor de todos los vivientes, quien nos abraza desde siempre y para siempre. Por lo tanto, tu niño está vivo.

Y tu niño, ¿dónde está? Los niños abortados están con Cristo. Han sido bautizados con su propia sangre inocente y gozan de su presencia. Los niños juegan con Cristo resucitado y ríen con El… Y para encontrarse verdaderamente con el niño, sabiendo que está vivo, la madre ha de preguntarse qué es, varón o mujer. Algunas mujeres contestan con toda seguridad. Otras no saben. En el proceso de sanación es fundamental que esas mujeres madres acepten que sus niños están con Jesús gozando de su presencia, pero les falta aún algo esencial: necesitan un nombre. Algunas mujeres, en el fondo de su corazón, se lo han puesto. Es preciso ponérselo, porque para Dios existimos como personas. Nos llama por nuestro propio nombre. Poner nombre es considerar a mi hijo como persona.

En este punto Juan Pablo Berra se dirige a tantos miles de mujeres que a lo largo de su vida han tenido uno o varios abortos espontáneos o naturales. También ellas necesitan encontrase con sus niños, saber que están vivos, ponerles nombre. Y en este punto, para cerrar este artículo, quien glosa Cartas Abiertas quiere agradecer al padre Berra por haberle permitido reencontrase con su tercer hijo, Juan Pablo o Ana. La vida y el amor son más fuertes que la muerte. ¿Dónde está muerte tu victoria?

3 de noviembre de 1996

Lalo Ruiz Pesce

 

** Este articulo fue publicado originalmente  en la Sección Vida Buena del Diario de Yerba Buena.