Educación o la insoportable levedad de la barbarie argentina

*Publicación original Siglo XXI, 10 de mayo de 1998

                      Los perversos son difíciles de corregir; y el número de los estúpidos es infinito(1)

Quiénes somos los responsables de la perversión del sistema educativo? A mí no me miren; yo no fui; yo me borro; yo no tengo nada que ver; que hice yo para merecer esto… Yo, argentino. Y al fin de cuentas y cuentos la única sabia es la vaca.

Una escuela que no educa, un maestro que no enseña, un alumno que no aprende


Podemos decir que siempre es poco lo que hacemos por la educación. Podemos decir que salvo excepcionales horas de nuestra historia nacional, los sueldos docentes siempre fueron indecentes y obscenos. Podemos decir que, descontando ocasiones tan honrosas como aisladas, la oferta educativa que se brinda a los estudiantes y educandos argentinos, roza las patéticas miserabilidades. Si podemos decir todo eso es porque algo muy dentro nuestro está bastante podrido.

¿Ha escuchado usted alguna vez a nuestros políticos hablar de educación? Por casualidad no habrá usted oído o leído cómo se llenan la boca y cargan las tintas respecto de que la educación es una inversión, y no un costo; que hay que educar al soberano o someterse a los tiranos; que desatender a la escuela y descuidar a la ciencia es hipotecar el futuro de nuestros hijos, etcétera, etcétera. ¿Ha escuchado usted, quizás, alguna promesa de político en campaña sobre futuras maravillas educativas que vendrán a paliar la siempre menesterosa y agónica realidad presente de la educación argentina?

No se engañe, nos mienten, nos mienten, nos mienten. No nos engañemos, nos mentimos, nos mentimos, nos mentimos.  Mentir es decir las cosas que son como no son.  Y, por otra parte, creernos y decirnos que las cosas no son como son, es engañarnos a nosotros mismos. Pero, para saber cómo son realmente las cosas, tenemos que comenzar con el acto de buena fe de no mentir y de no mentimos.  Y obrar con buena fe, a su vez, supone que tenemos la lucidez y el coraje para denunciar que el engañado rey argentino se pasea orondo por las calles, creyendo que está vestido como los dioses… pero la desnuda realidad es que, ridículo y presumido, pasea su desnudez.

Y esa es la patética verdad de la educación argentina: una escuela que no educa, un maestro que no enseña, un alumno que no aprende… y todos vamos pavoneándonos con esos revisables mitos de que los argentinos somos maltratados en el país -nadie es profeta en su tierra, nos consolamos-, pero triunfamos ampliamente en el exterior; que nuestros científicos son los mejores del mundo; que nuestros técnicos les ganan a los “gringos”, a los “ponjas” y a los que producen “made in Germany”.  Y es claro, somos los más vivos; por eso será que terminamos pagando “royalties” por las patentes tecnocientíficas de una computadora, un remedio o una fibra óptica producidas por ellos. ¡Qué vivos que somos!  Y nos seguimos creyendo en la avanzada de la educación, de la ciencia y de la cultura.  Cosas veredes, Sancho.

Endemientras, del lado de la política educativa y de los docentes, echemos una ojeada al vaciamiento de la educación que viene impulsando con todo éxito el menemismo, y por otro, miremos honestamente a la “carpa docente” instalada frente al Congreso de la Nación.  Del lado de alumnos y estudiantes; indaguemos con pareja sinceridad el qué de los pobrísimos resultados nacionales en la evaluación de la calidad educativa de los alumnos argentino para manejarse  elementalmente con los números y con las letras; tengamos también el coraje de ver y analizar, al fin, por qué la mayoría de los ingresantes a la universidad y buena parte de los estudiantes universitarios, en todas las latitudes del país, cuando se les exige un nivel de aptitud y destreza mental para acceder y para moverse en el campo de los estudios superiores, dan ostensible muestra de su deficiente preparación.

¿Quiénes son o quiénes somos responsables de tamaña perversión del sistema educativo argentino?  Siempre buscamos chivos expiatorios donde descargar nuestras culpas; es una forma de decir, “yo no fui”, “a mí no me miren”, “yo no tengo nada que ver”, “qué hice yo para merecer esto” y las infinitas variantes del emblema de muestra identidad nacional: yo, argentino. Civilización o barbarie; frivolidad o educación.  Usted elige.

 La Vaca Sabia de Humauaca


-Encrucijada Educativa: entre la barbarie de lo banal y la formación de excelencia-

Y es claro, mientras los argentinos no reconozcamos que somos cómplices y artífices de este fracaso, no encontraremos los caminos que nos saquen de la frivolidad y de la bárbara banalidad en la que estamos empantanados. Y la solución, sepámoslo o no, lo queramos o no, no es gratuita y no viene ni de arriba, ni de afuera. Mientras tanto la encrucijada de la educación en Argentina nos dice que, o nos decidimos a ser serios y empeñosos, o aceptamos las consecuencias de arrastrar la mediocridad, el facilismo y otras vivezas argentinas que conforman el curriculum y la agenda de nuestra insoportable y frívola barbarie.

Todo gratuito, todo fácil, todo rentable… podrían ser las consignas por las que se mueve nuestro “ser nacional”, como tantos otros aspectos de nuestra vida, discurre en la Argentina de fin de siglo, entre mercaderes, burócratas y patoteros. Todos reclamando derechos; todos ignorando la sabia enseñanza de la mamá del Mahatma Gandhi; el apóstol de la no-violencia contó que de ella había aprendido que todo derecho no es sino el fruto de un deber previamente cumplido. Por casa ¿cómo andamos? ¿Esfuerzo, cualificación, idoneidad?, dijeron. ¿Dignidad del saber conquistado con trabajo y sacrificio? De qué me están hablando. Vivimos en democracia: todos somos iguales ante la ley y todos tenemos que tener igualdad de oportunidades. Con la democracia se educa, ¿recuerdan? Todo eso, que duda cabe, es cierto y verdadero. Pero no a costa de ignorar la enseñanza de la mamá de Gandhi. Sin irnos tan lejos, creo que unos más otros menos, los argentinos hemos tenido testimonios de algunos hombres que han sido maestros de verdad. En ellos tenemos que miramos para retomar el camino de la educación argentina. Me permito evocar aquí la memoria de un grande, don Juan María Alessi. Fue un hombre que literalmente consagró su vida a la enseñanza.  Más de cincuenta años recorrió las aulas de la escuela primaria hasta enseñar matemática en instituciones educativas terciarias.  Cuando a don Juan María le tocó ser testigo de las huelgas docentes de la democracia argentina reestrenada en el 83, decía que él no entendía cómo un maestro podía hacer huelga. Eso para él significaba lo mismo que si un bombero o un médico, hicieran huelga. Educar, decía, es como apagar fuego de una casa en llamas o curar enfermos, son misiones y vocaciones esenciales y vitales. Vivienda, Salud, Educación. ¿Les suena?

Me voy a animar a cerrar este artículo invocando otra gran maestra argentina: María Elena Walsh. Qué no le dijeron cuando puso el dedo en la llaga de la «carpa blanca”. Todo el «progresismo” y la “izquierda» de estos y de otros puertos se le avalanzaron; se rasgaron las vestiduras; la tildaron de traidora al magisterio; de hacerle el juego al menemismo… y otras burradas por el estilo. Ella se limitaba a cantar que en este lugar de Humauaca la única sabia era la vaca, y que el rey de la educación argentina se pasea desnudo.  Nosotros, como es sólito, matamos al mensajero.

(1) Eclesiastés, 1, 15 -versión de los setenta-.

Lalo Ruiz Pesce
** Este articulo fue publicado originalmente  en la Sección Vida Buena del Diario de Yerba Buena.